miércoles, 6 de abril de 2016

Pescaderas, verduleras y carreteros

Durante la Dictadura, era muy usual llamar verdulera a cualquier mujer que  hablara mal, empleando palabras groseras, voceando, o  frases malsonantes. Las formas sociales que exigía aquella sociedad las representaban las personas decentes, se decía, y en el caso de las mujeres, las sumisas, que no levantaban la voz más arriba de su camisa de tareas. Se decía, "hablas peor que  una verdulera",  dando por descontado que las verduleras eran vulgares y utilizaban un lenguaje soez y chavacano. Pero a las verduleras, se les podía consentir ese mal hablar, dada su vulgaridad y carencia de una educación cristiana como Dios manda, o mandaba. Qué se podía esperar de ellas? Por ello, llamar verdulera a una mujer era insultarla y reducirla al escalón social más bajo por aquel entonces.
El oficio de verdulera en la España gris de vencedores y vencidos, estaba muy alejado del que se esperaba de señoritas de bien, que no podían dedicarse a ganar la vida de esa manera, ni tenían necesidad de ello, aunque pasaran hambre. Sólo tenían que esperar pacientemente a que un varón de posibles, se fijara en ella y  cambiase su tutela, de padres a marido.

Igualmente ocurría con los carreteros, hombres a los que quienes tengan edad para ello, recordarán en los años 50 y 60, conduciendo carros arrastrados por bestias de carga, como mulas, bueyes o caballos de tiro. Eran los medios de transportar mercancías que existían. Estas podían ser desde alimentos al mercado hasta chatarra o restos de muebles que podían ser vendidos. Ocurría que cuando la mula, pongo por caso, se negaba a continuar tirando de la carga, el carretero una vez perdida la paciencia y ante la terquedad del cuadrúpedo la emprendía a zurriagazos con el animal además de dedicarle toda clase de insultos y blasfemias, maldiciendo a dioses, vírgenes y todos los santos de la corte celestial a los que, supuestamente, responsabilizaba de la actitud del animal. Por ello, se decía también "hablas peor que un carretero". En este caso, era el hombre mal hablado y blasfemo el receptor de la invectiva.
En ambos casos, destacaba la intención de quienes los utilizaban como ejemplo de comportamientos poco cívicos, asociados eso sí, a clases de extracción social baja ya que lo de ser pobre era sinónimo de brutos mal hablados.

Ha sido el escritor Felix de Azúa quien me ha recordado aquellas prácticas que parecían olvidadas. Cuando este flamante académico ha encontrado para la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau el oficio de pescadera como más acorde con su extracción social y curriculum académico, dudo mucho que haya intentado dignificar a alguien, ni a la alcaldesa ni a las pescaderas. Más bien, suena a intento de menospreciar a la Colau por no pertenecer a la misma élite intelectual de la que él procede. Un individuo bien considerado durante la Dictadura y perfectamente homologado después en la democracia, en quien resulta evidente la pervivencia de cierto atavismo de aquella época. Era usual entonces, marcar las distancias entre las clases sociales, asociando los oficios de menor o ínfima cualificación social  a los grupos sociales más pobres mientras que, en el otro lado estaban las gentes de bien, que usaban sombrero y corbata aunque pasaran hambre.

Lo más mezquino y sórdido del individuo frente a las críticas recibidas, ha sido su intento de arreglarlo diciendo que las pescaderas ejercen un oficio muy digno que es la muletilla más ridícula que se puede añadir, con esa falsa condescendencia que comúnmente, se muestra hacia aquellos a quienes se menosprecia o se considera de categoría inferior. Alguien ha mostrado condescendencia en alguna ocasión hacia un notario, ingeniero o médico, por citar algunas de las categorías profesionales de más alto rango, diciendo que ejercen un oficio digno? El caso es que el mundo sería más feliz si la gente no tratara de ocultar su estupidez.