martes, 11 de febrero de 2014

La sonrisa de la infanta Cristina

Reir es muy sano, lo dicen los especialistas. Denota un estado de ánimo alegre, que tiene una causa y  fortalece el espíritu. Quien muestra una sonrisa, está diciendo al mundo cómo le van las cosas de bien.  Todos los años, vemos a los agraciados por la lotería de navidad, lo contentos que se ponen con los premios en dinero que van a recibir. Quien no ha sonreído con alborozo a la salida de un examen cuando tiene la certeza de que lo ha hecho bien, o con el resultado de un examen de oposición cuando la ha aprobado. Es el tipo de risa que tenemos cuando, tras una situación de incertidumbre ante una prueba que hemos de pasar, explotamos de júbilo si el resultado ha sido favorable, a todos nos ha ocurrido alguna o muchas veces. También está la risa espontánea que nos surge ante una situación jocosa, divertida. En fin, sabemos los humanos cuando hay verdaderos motivos para reir incluso los más adustos de carácter. Hasta ahí, yo lo tengo claro.

Sin embargo, existen otros tipos de sonrisa, la enigmática de la Gioconda, que todavía está por aclarar si es tal o es otra cosa; está la que a veces con mala intención, llamamos risa tonta, sin sentido, que no expresa júbilo, o sí. Es una risa que obedece más a un protocolo, una risa inducida por una educación, un adoctrinamiento que lleva sólo a exhibirla en el momento oportuno. Es una sonrisa a todas luces, forzada, del momento y hecha sin ganas. La sonrisa de la infanta, tras salir de un  interrogatorio al que la ha sometido un juez, pertenece creo yo, a este modelo, una sonrisa obligada aunque la procesión vaya por dentro. Tal vez la infanta haya sonreido por considerarse la primera persona hija de un rey que ha pasado por este trance en Europa. y eso le da cierta alegría, si no, no se explica con todo lo que tiene encima, que se ponga a reir. Creo que no hay precedente alguno.
Pues bien, también ese puede ser un motivo para sonreir al público y agitar la mano en señal de satisfacción, haber sido la primera infanta que inaugura el paso por un tribunal de justicia. Enhorabuena, señora, ese honor le honrará durante toda su vida. Porque no me cabe otra explicación, ya que no la creo tan cándida para que se crea que bacilarle así a un juez, como ella ha hecho, es motivo de orgullo. Yo creo más bien que ha sido el protocolo y nada más, hay que sonreir siempre y quitarse por una vez ese gesto tan adusto y desagradable que muestra habitualmente cuando se dirige, carterita de piel Loewe en ristre, camino de su ascensor privado en La Caixa donde trabaja, dicen.
El caso es que, tras lo contenta que ha quedado corre a contar a los padres que todo ha ido muy guay, que el juez y sobre todo el fiscal-defensor, han sido muy majos con ella, tras lo cual, partirá hacia Ginebra a reunirse con el bribón de su marido. Hasta otra.
Me recordaba la maldita sonrisa, y sálvense las distancias que haya que salvar, a la que esbozan los asesinos de ETA cuando aparecen dentro de su urna blindada en los juicios a los  que son invitados por los jueces. Los etarras no sonrien, se desgañitan de alegría por hacer ver a todos lo felices que son en su pudridero carcelario, la suerte que tuvieron en su asquerosa vida de asesinos, cuando fueron detenidos y condenados ya que, al fin podrían mostrar al mundo las ganas que tenían de reir ante un tribunal que les juzga, y del que se burlan mostrando a su  peña lo bien que les va la vida, lo contentos que están por lo que han hecho.
Se me dirá, pero hombre, no compares a la infanta con los asesinos etarras, por dios. Claro que no lo hago, pero hay similitudes en su comportamiento ante la justicia, ambos se mofan de ella, los etarras, no reconociendo al tribunal que les juzga y la infanta, no contestando a nada de lo que se le pregunta. Ninguno de ambos, da importancia a lo que se cuece en una sala de justicia. Se burlan de ella. Se ajustan a un protocolo inducido.